2026-05-07
En San Juan
Ráfagas de 93 km/h: el Zonda dejó árboles caídos, incendios y cortes de luz
No se registraron heridos ni daños estructurales en viviendas.
Empezó como cualquier tarde de mayo en San Juan. El cielo tenía ese tono particular, ese amarillo pálido que los que vivimos aquí reconocemos al instante. El aire se puso seco, pesado, como si la atmósfera contuviera la respiración antes de soltar todo de una vez. Y cuando llegó, llegó con esa fuerza que solo el Zonda sabe tener.
No fue una alerta más en el celular. Fue el viento golpeando las ventanas, el sonido de las ramas rozando contra los techos, la sensación de que afuera algo grande estaba pasando. Y así, sin avisar demasiado, la noche se convirtió en algo distinto.
Las ráfagas alcanzaron los 93 kilómetros por hora. Suena a número, sí, pero traducido a la vida real significa árboles que llevan décadas en una vereda cayendo de golpe, cables que se sueltan y cortan la luz justo cuando más la necesitás, autos que quedan atrapados bajo ramas, calles que de pronto se vuelven imposibles de transitar. En varios departamentos de la provincia la historia se repitió: el viento no preguntó, simplemente pasó y dejó su marca.
El momento más difícil llegó en Colonia Rodas, en Rawson. Un transformador explotó, las chispas volaron, y el fuego encontró en el viento el combustible perfecto para avanzar rápido. Los bomberos llegaron con la urgencia pintada en la cara, los vecinos salieron a mirar con el corazón acelerado, y por unos minutos todo pareció más frágil. Pero también fue ahí donde se vio lo mejor de nosotros: gente que avisó, que colaboró, que se quedó hasta asegurarse de que todo estuviera bajo control. Y al final, lo más importante: no hubo heridos. No se cayó ninguna casa. No tuvimos que lamentar nada que no se pueda reparar.
Mientras tanto, en otros rincones de la provincia, la noche seguía su curso entre sobresaltos. Familias que se quedaron sin luz en plena cena, estudiantes que intentaban seguir leyendo con la linterna del celular, trabajadores que salieron a la calle apenas amainó un poco para empezar a limpiar. Cada uno a su manera, todos atravesando lo mismo.
Es interesante pensar cómo reaccionamos ante estos momentos. Algunos corrieron a grabar con el celular, no por morbo, sino porque querían dejar registro de que estuvieron ahí, de que vivieron esto. Otros salieron a la vereda a preguntar si el vecino estaba bien, si necesitaba algo. Hubo quien aprovechó para contarles a los hijos qué es el Zonda, por qué sopla así, por qué San Juan tiene esta relación tan particular con el viento. Y hubo, también, quien simplemente se quedó en silencio, escuchando, sintiendo.
El Servicio Meteorológico Nacional había avisado, sí. Pero hay algo en la experiencia directa que ningún pronóstico puede reemplazar. Sentir el viento en la cara, ver cómo se mueven las cosas, escuchar ese silbido constante que parece venir de todos lados. Eso te marca. Y cuando finalmente, hacia la madrugada, empezó a entrar el viento Sur, suave, moderado, trayendo un poco de frescura y calma, fue como un suspiro colectivo.
Ahora viene la parte que no se ve tanto, pero que es fundamental. Los equipos municipales y de vialidad siguen recorriendo las calles, retirando ramas, reparando cables, asegurando que todo vuelva a la normalidad. El EPRE no solo trabaja para restablecer el servicio eléctrico: también va a revisar que los tiempos de respuesta hayan sido los adecuados, porque la comunidad merece que las cosas funcionen cuando más las necesita. Los bomberos y defensa civil mantienen la guardia, porque saben que a veces el peligro no se termina cuando baja el viento.
Y nosotros, los que vivimos esto, también tenemos un papel. Seguir atentos. Avisar si vemos algo raro. Cuidar a quien más lo necesita. No bajar la guardia aunque el pronóstico mejore. Porque el Zonda no es un visitante sorpresa para los sanjuaninos. Lo conocemos. Sabemos que suele llegar entre mayo y septiembre, que seca el aire, que acelera el pulso, que pone a prueba nuestras casas, nuestros árboles, nuestra paciencia. Pero también sabemos que pasa. Y que después, siempre, vuelve la calma.
Quizás lo más valioso de noches como esta es lo que nos dejan más allá de los daños materiales. Nos recuerdan que, por más tecnología que tengamos, por más pronósticos que consultemos, hay fuerzas que no controlamos. Y eso, lejos de asustarnos, debería invitarnos a estar más preparados, más unidos, más atentos al otro.
Nos recuerdan también que los árboles que plantamos no son solo decoración: son parte de nuestra historia, de nuestra sombra, de nuestro aire. Y que cuidarlos es cuidarnos.
Nos recuerdan, finalmente, que en un mundo donde a veces parece que cada uno va por su lado, hay momentos que nos juntan sin pedirnos permiso. Cuando se apaga la luz, salimos a preguntar. Cuando cae un árbol, nos organizamos. Cuando hay fuego, corremos a avisar. Y eso, simple y llanamente, es lo que nos hace comunidad.
Si viviste esta noche de Zonda, probablemente tengas tu propia versión de lo que pasó. Tal vez estabas manejando y tuviste que detenerte. Tal vez escuchaste el golpe de una rama contra el techo y saliste a ver. Tal vez simplemente te quedaste adentro, escuchando, esperando que pase. Todas esas historias importan. Todas forman parte de lo que fue esta noche.
Por eso, más allá de los datos y las cifras, lo que queremos dejar es esto: gracias. Gracias a los bomberos, a los trabajadores del EPRE, a los equipos municipales, a los vecinos que se ayudaron entre sí. Gracias a la naturaleza, también, que aunque a veces nos sacuda, nos enseña a ser más fuertes.
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