Historia vitivinícola

Las cinco familias que convirtieron el desierto sanjuanino en un imperio del vino

Pulenta, Graffigna, Montilla, Castro y Del Bono llegaron de Italia y España con poco más que sus manos. Sus bodegas abastecieron a todo el país en una época donde los argentinos tomaban noventa litros de vino por año.
En los primeros años del siglo XX, San Juan era tierra árida y promesas. Cinco familias de inmigrantes llegaron con poco más que sus manos y un sueño. Hoy, sus apellidos siguen apareciendo en cada botella que sale de la provincia.
 
¿Cómo cambió un apellido la historia de una familia?
 
Enrique Pulenta llegó de Italia en 1902 con su esposa y un hijo en brazos. Cuando pasó por la aduana de Buenos Aires, el oficial escribió mal su apellido: de Polenta a Pulenta. Así se quedó para siempre. Esa familia creó lo que hoy es Bodega Peñaflor, la más grande de la provincia.
 
¿Qué tiene que ver una boda con el riego de una viña?
 
Santiago Graffigna se casó en 1888. Era un día de fiesta, pero le tocaba turno de riego. Dejó la celebración y fue a revisar que el agua llegara bien a la viña. Esa dedicación lo llevó a crear la primera bodega moderna de San Juan, a los veinte años. Llegó en el barco Cristóbal Colón y así llamó a su primera marca.
 
¿Cuál fue el vino que hizo famoso a San Juan en todo el país?
 
Los Montilla vinieron de Granada, España. Crearon el famoso Resero, el vino que durante décadas hizo conocido a San Juan en todo el país. Era el vino de las pulperías, de las reuniones familiares, de los domingos.
 
¿Cómo se construyó un imperio desde los techos de las casas?
 
Los Castro empezaron secando uvas en los techos de las casas. Durante el peronismo, la empresa creció quince veces. Nació el legendario Talacasto, que se convirtió en sinónimo de vino sanjuanino.
 
¿Cuánto vino tomaban los argentinos antes?
 
Entre 1940 y 1960, los argentinos tomaban noventa litros de vino por persona al año. Hoy tomamos veinticinco. En esa época, San Juan era el corazón vitivinícola del país. Las bodegas daban trabajo a miles de familias y los trenes cargados de vino salían hacia Buenos Aires todos los días.
 
¿Qué queda hoy de aquellas bodegas?
 
Hoy esas bodegas siguen funcionando. Algunas se transformaron, otras se achicaron, pero los apellidos siguen ahí. Pulenta, Graffigna, Montilla, Castro. Cada uno cuenta una historia de inmigrantes que llegaron a un desierto y lo convirtieron en tierra de vino.
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